27 oct. 2014

Bailémonos un Bolero

A propósito del Concurso Interpretes del Bolero que empezará este fin de semana en Caicedonia (Valle), y del Encuentro Académico Internacional (participan Italia, Cuba y Colombia), con la coordinación de Patricia Rebellón; recordemos que el bolero nació hace apenas 130 años, es más joven que los mismos estados hispanoamericanos nacidos de los procesos independentistas entre 1810 y 1822; el bolero luego se extendió desde cuba hacia el continente, surgió como lo expone el autor del libro Bailémonos un Bolero, Rafael García Orozco, a partir de la canción trovadoresca y criolla, resultado de todo el ensamble musical indígena-hispano-africano, desde 1830 va gestándose con el legado del llamado bolero español, hasta 1885, cuando se da a conocer el primer registro de un bolero con la canción Tristeza de José (Pepe) Sánchez. El autor de este libro musical nos dice, “A partir de la contradanza española llegada a las Antillas mayores y de la romanza francesa posesionada en las Antillas menores, fusionándose con las nuevas tendencias melódicas de las culturas mestizas, se crea un vínculo de unión entre la música transmitida por la academia del bello canto posesionadas en Europa y la musicalidad popular convertida en un nuevo género musical nacido en este continente americano, dejando atrás una culturización impuesta por pedagogías europeas, logrando la propiedad intelectual de una memoria musical nuestra”.

Las serenatas han sido utilizadas para conquistar damas o para enmendar errores. Los boleros son piezas indispensables dentro del repertorio de las serenatas. Inclusive se afirma que el género nació para ser destinado a las serenatas, forma de obtener recursos los músicos dedicados a transmitir mensajes por el interesado real. Cantantes pagados para despertar el entusiasmo de la mujer (el caso contrario son las plañideras en la historia que fingían llorar en los velorios por dinero). Las flores y las serenatas derriten a muchas mujeres, se fijan en los detalles, se dejan seducir y retornan a la relación por boleros llenos de expresiones cálidas, aunque puedan llevarse un chasco posterior con las imposturas del contratista de los serenateros. Pero el bolero es el medio, la forma de convencer.

El bolero nace un poco antes que las prohibiciones victorianas en la Inglaterra de las últimas dos décadas del siglo XIX, y de la estricta censura anglicana para los coqueteos y tanteos de las parejas en las calles o en el prebolero, el danzón. Pero el bolero nace en medio del despliegue y la influencia católica en toda América Latina producto de la evangelización de curas españoles de diferentes congregaciones religiosas. Nace pues casi al final del siglo XIX en medio de la mojigatería y pacatería, controlado las conductas de los pobladores, con la censura religiosa. Cuando aquí en Colombia regresábamos al centralismo y a la imposición constitucional del monopolio de una sola religión para cuadrar el matrimonio de Rafael Núñez. Luego, en la tercera década del siglo XX, los primeros boleros bailados de cerca debieron ser una escándalo ante los ojos de rezanderos y moralistas (porque vicios privados, públicas virtudes), el bolero bailado debió ser vituperado por suegras represoras que veían allí un inminente vehículo de pecado para sus hijas por las fricciones que proporciona su baile, siendo la única barrera, la ropa.

 El bolero es la pieza musical más adaptable para los enamorados y despechados, para insinuar los deseos y transmitir las pasiones, sus letras y composiciones giran alrededor del amor, el erotismo, el sexo, la pasión, la entrega total, los gustos, etc. De la evolución del bolero surgieron las baladas. Durante los años 60s los baladistas de clase media desde México hasta Argentina y con la influencia española, llenaron de melodías a la juventud que se debatía entre a influencia norteamericana con la “Alianza para el Progreso”  de Kennedy, los avances de la revolución cubana y el castrismo en América latina, el hipismo, los Beatles, la mariguana, las proclamas del amor libre, las noticias sobre la guerra de Vietnam, la teología de la liberación de curas progresistas, el aparecimiento de otras fuerzas políticas. Casi todos los romances y noviazgos de las clases medias de la década del 60 y del 70 tienen que ver más con la influencia de las baladas de Enrique Guzmán, Cesar Costa, Sandro, Rafael, Leonardo Favio, Palito Ortega, Elio Roca, José José, Camilo Sesto, Sabú, Julio Iglesias, etc. El bolero jugó ese papel en las primeras 5 décadas del siglo XX, y lo sigue haciendo  pero en segmentos societales de la población porque los otros ritmos le arrebataron el monopolio.

Los primeros boleros danzados a finales del siglo XIX estaban ambientados con música de castañuelas, tamboriles y guitarras, el movimiento ere ligero y suelta la pareja similar al voleo de las danzas españolas de esa época. El acercamiento de la  pareja al danzar demorará unos treinta y cinco años. Ya desde los años 40, 50 y 60 en Colombia, en las fiestas patronales de los diferentes pueblos de Colombia se espera con ansiedad la fecha anual, es la única temporada segura donde contratan orquestas, como ocurría en Sevilla(Valle) con el baile de la cosecha o en las fiestas aniversarias de mayo; o en Caicedonia para todos los meses de agosto; el resto del tiempo la música se escucha en las victrolas, equipos de sonido, y años después la programación normal de viernes y sábados en las discotecas, los boleros son infaltables, Colombia es un país donde el bolero ha tenido acogida  desde comienzos del siglo XX, primero el cantado y luego el danzado. Los amoríos, cuitas, romances, traiciones de parejas en cierne, amarteladas, estables, separadas y en reacomodo, etc., se han apoyado en el bolero para inspirarse, volver, llorar, reclamar, incitar, pedir o abandonar.

 Si se estaba iniciando la conquista de una chica candidata a novia, y aún estaba lejos de coronar el acto sexual, durante esas fiestas o la concurrencia a una discoteca, se hacía mucha fuerza para que sonara un bolero, entonces podía venir el acercamiento de los cuerpos, el roce anhelado, el amacice de casi tres minutos. Todo ello gracias al  sexteto habanero primero y luego el trío Matamoros, ellos crearon e impulsaron el bolero Son, que aunque siendo más rítmico y cadencioso facilitó ser bailado, con la pareja de cerca, en un face to face. Allí fue cuando el bolero se desprendió del Son y entonces podía bailarse con más lentitud.  Y, en las fiestas si tocaban tres boleros seguidos, lotería, más intimidad de nueve minutos, menos movilidad por las baldosas que tocaba desplegar con la música tropical, con la duración del bolero en esa aproximación, se podía susurrarle al oído a la candidata para avanzar en la conquista. Si aparecía desde los primeros segundos del bolero, el freno de mano, pues hombre frito: se perdían todos los cálculos.

 Con el bolero, música de origen popular en Cuba que se extendió en América Latina a todos los estratos sociales, la clasificación se da de acuerdo a la letra de las composiciones, al origen y clase de los autores y cantantes, al contenido de las letras, o sea, con la expansión del género, hay boleros para todas las clases sociales, de campesinos hasta oligarcas. El bolero se expresa lo más profundo del sentimiento apasionado, se declara el amor o se insulta por una traición (aunque la víctima no se entere que son varias infidelidades espaciadas).

Como ocurrió con el tango, a partir del proceso migratorio del campo a la ciudad a principios del siglo XX, los cordones suburbanos crecieron inconteniblemente. El compadrito  en Argentina (jóvenes campesinos asentados en la ciudad), cuando el tango empezó a cantarse les proporcionó elementos orales para embelesarse sobre las etapas del amor. Si rítmicamente el tango tuvo sus fuentes en la milonga, la habanera caribeña, el candumbe afroamericano y el tango andaluz; verbalmente las encontró en los dichos del compadrito. El ritmo bailable mermó y se acopló a la voz. Se convirtió el tango en tribuna de comunicación, todas las pasiones se volcaron en el. La angustia, la  protesta, el sentimiento popular, las manifestaciones amorosas, se elevaron a canto. Todos los deseos se encontraron con un canal de expresión. Una cosa fue el payador, cantor de lo rural, y otra cosa fue el vocalista del tango, que exaltó los problemas urbanos, las vivencias de arrabal, a este se le conoce como cantor orillero. En medio de estos se encuentra el milonguero que se nutre fusionando los asuntos rurales con los urbanos. De cantor orillero paso Gardel a modular su voz para latinoamericanizar el tango.

El bolero desde los años 40 despegó en toda América latina a partir del aparecimiento de compositores, creadores y cantantes que trascendieron  las fronteras estatales; artistas de la calidad indiscutible como Libertad Lamarque, Hugo del Carril, Luis Mariano, Gloria Lasso,  Tony Martín, Frank Sinatra, Gabriel Ruiz, Agustín Lara, Carlos Julio Ramírez, Lucho Bermúdez, Matilde Díaz, Bob Toledo, Álvaro Dalmar, entre otros.

Rafael García Orozco nos narra en este bien concebido y documentado libro, al referirse de la musicalidad latina nos expresa que, “ las necesidades creadas alrededor de una comunidad fortalecida con su historia que por esos cambio políticos, sociales y económicos, a sus habitantes les toca abandonar sus raíces ancestrales desplazándose hacia otros horizontes en busca de nuevas alternativas, donde los sueños se estrellan con la realidad y son pocas las personas que logran sobresalir(…) Aunque el bolero se arraigó en toda América, fueron Cuba, México y Puerto Rico los países que le dieron más relevancia a este género musical. La zona del Caribe fue influenciada por los ritmos afrocubanos para convertirlos en la cadena rítmica del bolero bailable, es el caso del bolero son, el bolero mambo, el bolero chachachá, el bolero canción, el bolero filin o feeling y el bolero moruno. En México florecieron los tríos alimentados por el Son, la guaracha, y el montuno fusionándose con el bolero romántico expresado en serenatas, aunque los intérpretes de rancheras adoptaron la fusión conocida como bolero ranchero”.

 Hay deformaciones tardías del bolero como la música de carrilera. Este género, la carrilera, surge en Colombia como música campirana. Toma del corrido mexicano, del tango y del bolero, para transformarse en carrilera (se escuchaban primero los géneros originales en las estaciones del ferrocarril y luego se fue moldeando). Luego la música de carrilera sufre una deformación con la música guasca. Esta es el resultado de un sentimiento espontáneo al decir atropelladamente lo que se piensa, como aquellas canciones tituladas, la fuerte pesadilla, el conductor o la cuchilla. La guasca se hace irrespetando el verso, la simetría, sin ninguna técnica; exalta lo rural, pero no llegan a bordear siquiera el lamento borincano del puertorriqueño Rafael Hernández, donde se inspiraron de manera primigenia. Como lo expuse en un análisis compartido con el abogado y musicólogo Helí González, “la música campirana y la música guasca deambulan en el medio rural: el campo, las aldeas, la provincia marginal, las veredas y llega a los barrios de invasión.”

Cuba y Colombia tienen momentos históricos compartidos, en la tradición de la política internacional con instituciones como el  derecho de asilo, por ejemplo. En las relaciones internacionales, compartimos el mar caribe, tenemos nexos desde la colonia por la cercanía relativa. Desde la década del 60 la insurgencia colombiana tomó y adaptó conductas de los revolucionarios de la Sierra Maestra. Y un largo ejercicio comparativo se podría hacer. En este libro apreciamos como las relaciones musicales de Cuba y Colombia son afines y estrechas, en diferentes épocas por el bolero y la salsa. Boleristas y salseros recorren el país en ferias, carnavales y eventos. Nos nutrimos mutuamente, nos retroalimentamos. Si alguien escribiera un libro sobre la influencia del bolero cubano sobre los boleros nacionales colombianos, tendría un largo trabajo de investigación.Y sobre la salsa cubana y las transformaciones en canto y baile, con la salsa colombiana y caleña, en particular, tendría allí una cantera inagotable, el bolero-salsa es una simbiosis de ello. Existen muchos artículos y ensayos que abordan el tema, pero no una investigación exhaustiva. Rafael García Orozco nos da en este libro las claves para entenderlo, y proseguir.

Por, Alberto Ramos Garbiras:
El autor de la presentación es profesor de la Universidad Libre, autor de varios libros sobre derecho y política, columnista del Diario Occidente, ha sido jurado en festivales de música.