2 may. 2011

Sevilla 108 años…Ojala que no perdamos la memoria

La Calle Real

Los arrieros se tomaron el altozano que hoy ocupa la ciudad de Sevilla y construyeron las primeras casas. El trazo inicial, como los trazos de todos los pueblos y ciudades, se hizo alrededor de la plaza, hoy la “Plaza de La Concordia”.

Con la evolución, el desarrollo urbano; las calles van cambiando de nombre y se modifican todos los bautizos iniciales o se les conoce con la designación de la nomenclatura. En Sevilla la calle principal o sea la 50, se quedó con la denominación inicial: Calle Real.

Tres calles se conocen ampliamente por sus nombres: Calle Miranda, La Pista y La Real. Después de que Guillermo Valencia Naranjo impulsó como personero la construcción de la “Avenida Santander”, está vía tomó también renombre. Se erigió la Avenida, quedando como obstáculo la muela de la margen izquierda, por obstinada negativa de Honorio Zapata, en el lote que colinda con la casa solariega donde se levantaron los Parra, que hoy engrosan las filas del P.C.: mejor dicho, en el lote donde hoy se levanta la abigarrada construcción, con restaurante a bordo, donde “El Topo” extendió sus tentáculos de comerciante: del seviche; ahora son famosos los chorizos. Pero ninguna tan famosa como la “Calle Real”. La Real, ha sido la vía rosa de Sevilla, como la Sexta en Cali: la 7ª en Bogotá: la 5ª Avenida en New York… Allí han tenido pasarela las quinceañeras, las jamonas y los solterones. Calle de reinas, camino de romerías, Semana Santa permanente, procesiones diarias. La calle del yo-yo, el sube y baja, el ascensor, la vitrina pública, son algunos de los calificativos que han llovido sobre la calle real. Calle de angustias y de lágrimas: de alegrías y profundas exultaciones. Paso obligado, sitio de encuentro. Quién no recuerda una aventura, un suceso, un incidente vivido en la calle real: todos los hemos tenido. El Zarco Octavio Montoya posee allí uno de los almacenes más poderosos del Norte del Valle: su imagen en el dintel de una de las puertas de ingreso, le sigue dando vida comercial a una calle que se llenó de bares, griles y cantinas. Todos pasamos los primeros años subiendo y bajando la Real. Cuando a Honorio Salazar, el esposo de doña Aracely, se le quemó la sastrería “El Ciervo”, en la antigua construcción en donde se levanta el edificio “Granada”, se fue para la Real y montó “La Española” Panadería “La Española”. En esa vitrina atravesada por una varilla protectora, nos parábamos para ver la entrada de las muchachas a cine los domingos: social doble… “La Real”, calle memorable y sagrada. “La Fuente”, único sitio del jet set sevillano: con abundantes espejos y la mirada escrutadora de Ataniel, el administrador. Bebas inolvidables con música a 20 el disco. El machismo en acción, los coca-colos desenfrenados, llenando la mesa de botellas de cerveza hasta el borde, enojándose porque Rosa o Yolanda se llevaban los envases. Era tanto el frenesí del jet-set parroquial, que los propietarios resolvieron construir el mezzanini: en un principio sitio especial para los más refinados; después, escondite de los novios clandestinos: allí me citaba con Elsita Jaramillo. Tan Linda. “La Fuente” sitio de excentricidades. El gallináceo se hacía por los espejos y el que no encontraba mesa, de todas maneras pasaba mirándose soslayo por los mismos. Tan excéntrico, que era lugar apropiado para suicidarse. En Semana Santa confluían todos allí: venían de Cali, Bogotá, Medellín, Pereira. Las bebas se iniciaban desde temprano: cuando la procesión pasaba, la gente se arremolinaba en los andenes para ver pasar a Camilo Escobar, dirigiéndose a los doctores de la iglesia, Norberto Montoya, Doraluz Velásquez y James Vélez, con sus bastones, comandando las bandas de guerra: Rita Cecilia Hoyos, de Ángel y los Leones, los del Club, estrenando vestido. Las peleas de borracho han sido una constante en los pueblos: en Sevilla se pelea por cualquier cosa, no en vano opera la violencia. Las galladas de Tuluá, comandadas por Alberto Lozano, incendiaban las trifulcas: en las épocas de casetas eran más frecuentes, hasta que se fueron matando en la carretera y no volvieron. La Real ha sido siempre, claro está, lugar de profundas disquisiciones, de chismes, mejor dicho. Allí se han descuerado todas las almas: los divinos y los humanos. Tirios y Troyanos se han cruzado dimes y diretes. No ha quedado una virgen ni un macho. Néstor Restrepo tiene a su favor el haber fundado el mayor número de establecimientos públicos, desde “Moulín Rouge”, pasando por “Coffee Shop”, “El Asadero Néstor Sierra”, “El Almacén de Variedades” y “Venecia”. Ahora modificó “El Hispano”. A Néstor se debe que hayan desaparecido los negocios comerciales y proliferado los griles y bares: hasta Aurita Ceballos se fue de la Real para el parque: Néstor es el pionero. No sé si “El Cortijo” también lo fundó él, pero si pasó a manos de Gustavo Arias; con este negocio se descentralizó un poco “La Fuente”; todos sus amigos se fueron para allá: Hugo Montealegre, los López, los Campuzano, “Leche” y “Ocho” “Arturo Salazar”. “El Cortijo” se convirtió en un nuevo escondite de parejas, el lugar del flirteo, de nacientes amores. “Los Fundadores” y “Los Arrieros” eran los sitios de baile colectivo. “Los Fundadores”, desplazaron a “La Ratonada”, sitio de esposos infieles, muchos fueron pillados infraganti. Con el paralelismo que creó el nacimiento de “Los Arrieros”, se dividió la clientela en: gente in y gente en. O sea, gente de caché y de abajo. En “Los Arrieros” había socios que eran pesados comerciantes y podían contratar orquestas; casi que Edgar Gallego y sus “Blue Stars” se convirtieron en la orquesta de planta; “Los Fundadores” se quedaron con los negritos del ritmo, es decir, con los discos, que ahora expende “Sonoritmos”, en seguida del “Real Madrid”. Ahora está el “Bolo Club” en el sitio que ocupaban “Los Fundadores”; parece que ya comenzó el declive del bolo; los cafeteros se entusiasmaron llegó a ser campeona Gloria Muñoz. El receso de todo negocio no se hizo esperar: esa es la Ley. La gente entra, pues, a la expectativa de uno nuevo. Lo malo es que ya Néstor Restrepo no inventa otro, se aburrió de que lo tumbaran. Aldemar Gómez Ocampo, cuando fue alcalde quiso cerrar “La Real” para que quedara exclusivamente como calle peatonal, como algunas de Bogotá, Medellín, y Cali. La idea no funcionó, el Concejo oposicionista no dio la palmadita de apoyo. Pese a ello, los sábados y domingos, durante su administración la calle era peatonal. Aldemar quiso muchas cosas, pero no lo dejaron por culpa de un gravamen que el no creó, tuvo que abandonar el sillón. Cosas de la política mi querido Mao. Pero de verdad, que “La Real” un fenómeno extraño, los peatones no dan vía a los carros, mejor dicho, los carros les piden vía a los peatones. Cuando alguien llega de otra ciudad cree que algo ha sucedido: un asesinato, un culebrero o una procesión: siempre hay gente subiendo y bajando. Chiroso Ocampo, chirosito, acabó por descentralizar la Real, montó “El Bar Centro Social” y logró hacer voltear a la gente del yo-yo hasta las E.E.M.M. ahora el milagro lo hizo el dueño de “La Cascada” y “Los Barriles”. Pero “La Real” sigue siendo “La Real”. La fiebre por montar negocios es pura copia, alguien fundaba una panadería y aparecían tres más; lo mismo las heladerías y demás establecimientos. A mediados de la década del 60, por allá en 1964, comenzó la gente de la burguesía cafetera a comprar carros. Quienes los adquirían, era para uso del trabajo en las fincas. Pero hubo algo especial. Ninguno de los hijos de los cafeteros tenía acceso a ellos: por lo tanto los muchachos veían los carros como animales raros, como objetos imposibles: el eterno fetichismo. Pero los López fueron caso aparte: Héctor Fabio. Orlando, Carlos Alberto y Oskar. En especial Oskar López. Era el único que poseía jeep y moto y el carro rojo lo sacaban los domingos. Doña Ofelia no le dejaba tocar el rojo, ese era para los mayores. Si alguien hizo bulla sin silenciador y fue conquistador de muchas damas, ese fue Oskar, creció y se quedó con el recuerdo nostálgico de esos gloriosos días. Los que no podían sacar a relucir el carro, recorrían “La Real” a caballo: así también se conquistaba. Después Norberto Montoya aprendió a manejar y conducía todos los vehículos. Se puede afirmar que Norberto desmitificó la heroicidad de manejar, más cuando vimos posteriormente a Fanny Eusse, Fannito, conduciendo sin sobresaltos, el jeep rojo descarpado. “La Real” ha dado para mucho. Omar Adolfo Arango llegó de profesor de filosofía al “General Santander” y alquiló un cuarto en el “Hotel Aristí”; desde la calle los estudiantes lo veían pintar: era también pintor. El introdujo la pintura en Sevilla, como Hugo Toro introdujo el verso, Lino Gil, la prosa: Eduardo Trujillo el teatro; Néstor los negocios; Tilde Bedoya las baratijas, Alfonso Ossa la política moderna, Raúl Flórez la filosofía y Lisandro Duque la carreta del cine; sí, de allí nació Silvio Parra. Omar Adolfo impresionó a muchos y ahora en un hermoso libro “La Leyenda de Juan Valdés”, los describió a todos. Eduardo Trujillo llegó también a revolucionar las artes escénicas. Llegó por allá en el año 68, con barba y aire de intelectual; haciendo grandes elucubraciones, sobre literatura y creando unos epígonos valiosos como: Javier Gallego. Cuando Eduardo llegó, la mayoría de la gente en Sevilla, no había leído ni “La María”, escasamente se leían a Superman y Tarzán, sí, los cuentos que se compraban en el 5 y 6 donde doña Lilian Vengoechea. Cuando Eduardo se paseaba por “La Real” con unas sandalias, como las que ha usado “El Topo”, todo el mundo decía: “que pesar de don Manuel, tiene un hijo comunista”. Todos pasando por “La Real” una real que se ha transformado, no por obra y gracia de los secretarios de obras públicas que en Sevilla han sido borrachos, otros peleadores, otros gallinazos, otros carros. El panorama ya es diferente, no es Esquilo quién hace los disparos en la puerta del “Teatro Real” sino los nuevos vaqueros, no es Jesús Mejía el único que lleva vestidos nuevos a Sevilla, para estrenárselos de primero, ya Antonio Ávila le hace la competencia en el “Everfit” de la Miranda y otros cachacos impecables como Álvaro Monroy los compran en Cali o Armenia. El comercio se ha visto un poco afectado con esto, de ahí los afanes de Israel Gaviria, de fundar la Cámara de Comercio, no por ser el primer secretario, sino por consolidar el comercio: y mucho le debe a Manolo Benítez. Lo mismo sucedía con Lisandro Duque, qué pesar del viejo Lisandro, matándose con esos relojes y el hijo comunista; así pasó con los Parra, los Noreña: fueron unos incomprendidos. ¿Qué pesar, no? El chino Hernán es ahora que se las tira de izquierdista, porque vende “La Voz Proletaria”, pero no tiene las lecturas de Jaime y Ramiro; si o no comuñangita. Pero el más incomprendido de todos los incomprendidos, fue Raúl Flórez. Escribió sus “Aproximaciones a Theildard de Chardin” y nadie entendió. Pasaba por “La Real” y la gente decía: “ahí va el autor de un tal Chaplin. Raúl tan inteligente como siempre, quiere ahora despertar las inquietudes culturales de los sevillanos a través de “Huellas”.

(Nota: este artículo se publica parcialmente)
Tomado de la Revista Informática Sevillana No 6. Mayo de 1982, por el arqueólogo de las palabras y las letras Álvaro Noreña Jiménez.