25 ene. 2010

Mercenarios o Paramilitarismo Internacional.

Alberto Ramos G. (*)

El cine exaltó siempre a los mercenarios desde los cazarecompenzas del oeste americano, hasta los rescatadores de prisioneros en guerras ajenas como en Vietnam y Corea. Hoy los videojuegos han convertido a los mercenarios en héroes. Los mercenarios no aparecen como outlaw (fuera de la ley), pero tampoco son agentes estatales, y suplantan a las autoridades, aunque concurren promovidos por los mismos entes gubernamentales. Y están en todas las guerras al lado de los ejércitos invasores desempeñando las tareas más sucias.


Como los mismos Estados invasores no combaten de a pie, sólo bombardean, contratan a los mercenarios para los ataques terrestres y las acciones intrépidas. Entonces, en la práctica actúan como los terroristas, pero en este caso pagados por un Estado. La contratación colectiva de ciudadanos de varios países hace aparecer a los mercenarios sin una nacionalidad específica, no son fácilmente etiqueteables como de EEUU, o del país que los contrata para evitar los ataques de los defensores internacionales de los derechos humanos, y de la oposición interna. En la confusa conducción de estas guerras en el extranjero se borran los linderos entre acciones de apoyo y las de combate, en medio del fragor de los ataques, refriegas y algarabas, reemplazan al ejército. Estamos viviendo un proceso de privatización de la guerra, ligado al tráfico de armas para guerras ajenas. El negocio de la oferta industrial de grupos de mercenarios conforma un menú macabro agenciado por las Corporaciones Privadas de Militares (Halliburton, Loockheed Martin, Northrop Grumman, Betchel, Blackwater,…) o empresas de seguridad para concurrir a guerras sin sentido patriótico, pero si con sentido monetario: así visualizamos al paramilitarismo internacional.


En el contexto de la globalización y de la ocupación militar de unos Estados a otros Estados indefensos pero poseedores de riquezas naturales, ha crecido la privatización de la guerra, también por otra razón: aparentemente las potencias disminuyen los gastos militares ante el electorado, pero en el fondo la contratación y la subcontratación del presupuesto de los gastos de defensa, facilita la corrupción de las cúpulas de los organismos de defensa. Así los fabricantes de armas no ven decaer las ganancias y promueven los estímulos para los agentes estatales. Internamente, en otros países la seguridad privada también reemplaza a las fuerzas policiales en la seguridad ciudadana, en lo atinente a vigilancia bancaria, de unidades familiares, transporte de valores y como escoltas.


El monopolio de la fuerza no lo están ejerciendo cabalmente los Estados potencia con sus propios ejércitos, sino que se apoyan en compañías privadas de seguridad que se traduce en paramilitarismo internacional, sicarios uniformados y mercenarios de alta categoría que, se maquillan como fuerzas de apoyo, y en medio del caos de los conflictos donde intervienen se entrelazan con el tráfico de armas, de personas, con las mafias, con los traficantes de diamantes y los explotadores de minerales. Burlan así la Convención de Ginebra que prohíbe la participación de civiles en acciones militares. El Derecho Internacional Público no está sancionando a estos ejércitos alquilados para matar, que alimentan el desorden mundial con el pretexto de sostener a un gobernante , o de combatir el terrorismo.


El Presidente Barack Obama recibió todo este entramado de miles de contratistas desplegados en las bases militares norteamericanas, en decenas de países del mundo, logistica extendida que, por más que se lo propusiera el mismo Presidente, no es fácil desmontar, porque se trata de la forma de mantenimiento del poder norteamericano en los lugares donde tienen afincados sus intereses.


(*) Magíster en Ciencia Política, Universidad Javeriana.