17 jun. 2010

La Unidad Nacional y la Alianza Ciudadana.

Autor Alberto Ramos G (*)

La alianza multipartidista que conformó Juan Manuel Santos con la llamada “Unidad Nacional”, no busca sostener a esos partidos todo el tiempo, sino poco a poco absorberles y deshacerlos para incorporar a las figuras más prestantes haciéndolos trasladar a las estructuras del Partido de la U. Como hicieron durante los 8 años con liberales y conservadores tránsfugas, y como hicieron durante la campaña hacia la primera vuelta del 2010, procedieron al desbaratamiento de los congresistas conservadores que acompañaban a Noemí Sanín y los liberales que “seguían” a Rafael Pardo, los fueron trasteando con sus electores hacia la campaña santista.


Los Gobiernos de Unidad Nacional donde se conforman son temporales y el objetivo de quienes los diseñan es salir de la crisis o de la amenaza que se cierne sobre un país. En la coyuntura electoral del 2010 estamos presenciando una formulación atípica pero estratégica para el bloque en el poder: llaman a la Unidad Nacional habiendo creado ellos mismos la crisis, y seguramente no para resolverla sino para taparla: buscan inmunidades, evitar juzgamientos futuros, por ello no van a soltar el poder. Al mismo tiempo la Unidad Nacional, antes de ganar las elecciones busca disminuir la oposición: ya cayeron sectores del Partido Liberal y de Cambio Radical que habían ejercido la oposición durante los ocho años que están terminando. Se vincularon en una alianza electoral que se transformará en coalición de Gobierno “atrapa todo”, donde se nuclean y agregan intereses contradictorios.


Es el reacomodo de las élites del bipartidismo que, en menos de un año sentirán los primeros desplantes porque no recibirán todo lo que aspiran, y porque la intención de fondo es absolver a los parlamentarios en un proceso de transfuguismo gradual para que engrosen las filas del Partido de la U, de cara a la vía monopartidista: crear una especie de PRI colombiano. El PRI mexicano se armó con vario partidos y movimientos políticos en la segunda década del siglo XX para enfrentar la dictadura de Porfirio Díaz.


Y paradójicamente el Partido Verde que debió armar la coalición mayoritaria con los sectores que le hicieron la oposición al Uribismo y otras fuerzas inconformes con la descomposición moral e institucional del país, no lo hizo, lanzándose a la aventura quimérica de una Alianza Ciudadana, convocando a votar a los abstencionistas, a los primivotantes y a los electores sueltos de los partidos excluidos de la segunda vuelta electoral, buen propósito, pero olvidando que en el contexto del sistema presidencial latinoamericano, los trece países que contemplan en la Constitución la figura de las dos vueltas electorales las concibieron para combatir el presidencialismo excesivo, el hiperpresidencialismo, y para exigirle al bloque electoral que gana: mayorías claras y más legitimidad. Y olvidando que los grandes cambios surtidos en América Latina durante los últimos 14 años se deben en parte a la segunda vuelta electoral, ganaron quienes hicieron amplias colaciones contra los partidos tradicionales hegemónicos.


(*) Profesor de Ciencia Política y filosofía del derecho, Universidad Libre, Cali.